Al filo de la navaja

Por: Raúl Ramírez Baena / encuentro29.com Día de publicación: 2017-06-12 /


Democracia electoral, mancillada



Como los cangrejos. En lugar de fortalecer la democracia en México, múltiples indicadores señalan que los órganos encargados de organizar y calificar los comicios y los tribunales electorales federal y locales, se encuentran en grave crisis de credibilidad debido a las fuertes presiones que reciben del poder central, federal y/o estatales para favorecer a sus favoritos, vulnerando su autonomía constitucional.

La fuerte competencia partidista en las recientes elecciones en cuatro estados de la república, sobre todo en el Estado de México y en Coahuila y en menor medida en Veracruz, es indicativa de una serie de conflictos pre y postelectorales que se han presentado progresivamente, sin que las autoridades electorales logren aplicar la ley adecuadamente y restituyan la credibilidad ciudadana.

Es evidente que hay una complicidad oficial para favorecer a determinados candidatos en detrimento de otros, incluso simulando la alternancia partidista (lo que no es garantía de transición a la democracia), vulnerando la legalidad electoral y los principios rectores del Instituto Nacional Electoral (INE), de certeza, legalidad, independencia, imparcialidad, máxima publicidad y objetividad.

Ante la duda fundada, el cúmulo de pruebas presentadas por los partidos de oposición y las evidencias mostradas por medios de comunicación y especialistas respecto a probables delitos electorales en las recientes elecciones en el Estado de México y en Coahuila, las autoridades no han atendido de manera diligente las denuncias, como es su obligación, para sancionar a quienes hayan cometido irregularidades, que indudablemente las hay y muy graves. Pero no pasa nada, los supuestos ganadores, aún ante las impugnaciones pendientes de desahogar, recibirán felizmente su constancia de ganador.

En México ya es necesario dar un golpe de autoridad y de legalidad, que se anulen elecciones fraudulentas, se sancione a los infractores y se vuelva a llamar a elecciones. Pero esto es harto difícil que suceda. Estamos muy lejos de la democracia verdadera.

Así, los declarados vencedores salen empañados y sus partidos abollados, con serias dudas y rechazo creciente, lo que les resta legitimidad y gobernabilidad durante su mandato. Pero eso no importa, vienen otras elecciones para reponerse y volver a repetir el ciclo, como así ha sucedido con Carlos Salinas, Felipe Calderón y ahora con Enrique Peña Nieto.

En México, a pesar de las expectativas y de haber perfeccionado el andamiaje legal en la última reforma electoral, incluso para sancionar los delitos electorales, no pasa nada. Tal parece que son cambios para no cambiar. 

No es el caso de relatar aquí la larga lista de irregularidades electorales denunciadas, como la ilegal inversión privada en el EdoMex teniendo como principal beneficiario al partido oficial. Todo hace sospechar que la elección del Estado de México es un ensayo de lo que nos espera en el 2018: la complicidad del aparato de gobierno y sus aliados para mantenerse en el poder a costa de lo que sea, aún de la democracia misma.

Otros puntos críticos del sistema electoral mexicano, son:

Un costoso y oneroso aparato electoral, duplicando las funciones del INE y de los Órganos Políticos Locales Electorales de las entidades federativas (OPLES). Nada explica por qué los partidos hegemónicos en el Congreso federal y el Ejecutivo Federal se han opuesto a que exista un solo órgano electoral nacional, aunado a la férrea oposición de los gobernadores de los estados que, ante el debilitamiento de la figura presidencial, en plan de virreyes, han tomado un fuerte protagonismo para controlar política y económicamente a sus entidades.

Derivado de lo anterior, al controlar por el gobierno central y los gobernadores los OPLES y los procesos electorales, buscan que quienes los suceda en el cargo sean cómplices que cubran los escandalosos desvíos y defraudaciones que realizan al erario público.

Un sistema de votación y de conteo caro, lento, tedioso, manual y complicado que requiere de un ejército provisional de personas, deja serias dudas sobre su transparencia y efectividad. No se ensayan avances tecnológicos que hagan más confiables y económicos los comicios, que arrojen resultados inmediatos y confiables.

En México existen varios partidos “pantalla” que no representan fielmente la diversidad de corrientes políticas ni la pluralidad ideológica del país. Son partidos acompañantes de los partidos hegemónicos, cuyos dirigentes han encontrado su mina de oro en las prerrogativas oficiales y el financiamiento de las campañas. Los escasos votos que obtienen son suficientes para mantenerse en el presupuesto.

Las elecciones son absolutamente inequitativas y los esfuerzos para la promoción del voto son inútiles. El poder supremo, con su vasto aparato social y publicitario, se dedica a comprar y coaccionar el voto, a imponer miedo, a dividir a la población, a sembrar el odio y a desalentar la participación electoral el día de la jornada, apostando a su “voto duro” para continuar en el poder. Así, el abstencionismo es garantía de continuidad.

El órgano federal encargado de la investigación de los delitos electorales, la FEPADE, es un órgano anquilosado cuyas resoluciones se dan a toro pasado. No pasa nada, pues.

México llega hoy al punto de que no puede presumir en el exterior ser una “democracia”. Reafirmamos ante el mundo nuestro papel de “República Bananera” en la que el despotismo se apodera de las instituciones, incluso electorales, para proteger los inconfesables intereses que hay detrás del poder supremo. Y hasta ahora, no hay poder humano que los haga rectificar.

*Director de la Comisión Ciudadana de Derechos Humanos del Noroeste

 




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